El gran historiador y filósofo británico Arnold Joseph Toynbee (1889–1975) en su obra monumental "El Conocimiento de la Historia" consideraba a la civilización rusa como una de las unidades autónomas del proceso histórico universal. La clave para su comprensión para él fue la concepción del "legado bizantino" o "bizantinismo", que definió el camino único de Rusia, sus instituciones, su mentalidad y su lugar en el mundo.
Al analizar el origen de las civilizaciones a través del mecanismo "Desafío-Respuesta", Toynbee veía en la adopción del cristianismo de Constantinopla (988) una elección fundamental que determinó el destino de Rusia. Esta elección no fue simplemente religiosa, sino civilizacional y cultural. Rusia, al recibir el bautismo de Bizancio, conscientemente entró en la órbita del Segundo Roma, heredando:
Modelo político: la idea de sinfonía de poderes (colaboración de la autoridad secular y la espiritual) y la sancralización de la figura del gobernante como "obispo externo" y el zar-unción. Los príncipes de Moscú, y luego los reyes, heredaron la concepción bizantina de autoritarismo, bогоустановленной autoridad.
Código cultural y religioso: el lenguaje litúrgico (eclesiástico eslavo), la estética iconográfica, los cánones literarios y jurídicos. Rusia se convirtió en parte del mundo ortodoxo, lo que la separó por siglos del Occidente latino.
Misión geopolítica: después de la caída de Constantinopla en 1453, Moscú se dio cuenta de sí misma como "Tercer Roma" – la única heredera legítima y guardiana de la verdadera cristiandad. Esta idea mesiánica, formulada por el monje Filofei, se convirtió, según Toynbee, en el eje espiritual de la expansión rusa y la identidad imperial.
Toynbee clasificó a Rusia como "sociedad hija" de la civilización bizantina, pero con una nota crítica. Creció en la periferia de dos mundos – el cristiano sedentario y el nómada estepario. Esto dejó una profunda impronta en la base bizantina, creando un fenómeno híbrido.
El desafío bizantino: La necesidad de proteger las vastas fronteras de los pueblos nómadas (pechenegos, polovtsianos, mongoles) formó una sociedad militarizada con una autoridad central fuerte. Esta "frontera esteparia" se convirtió para Rusia en el mismo "desafío" que los árabes y los turcos lo eran para Bizancio.
El yugo mongol (1240–1480): Toynbee lo consideró un evento catastrófico, pero formador. Aún más, fortaleció las tendencias autoritarias (adopción del sistema fiscal, el principio del servicio universal al Estado), aisló a Rusia de Europa y consolidó su distinción del Occidente. El Zarato de Moscú, en esencia, se convirtió en heredero no solo de Bizancio, sino también en parte de la Horda en términos de métodos de gobierno.
Las reformas de Pedro I, según Toynbee, fueron una tentativa dramática de cambiar la pertenencia civilizacional – reorientar Rusia del legado bizantino hacia el modelo occidental. Esto llevó a un profundo escismo ("schism") en el alma de Rusia, que describía en términos de oposición:
"Zeitgeist" (Espíritu del tiempo): La élite occidental, importando tecnologías, ideas, moda e instituciones del Occidente.
"Volksgeist" (Espíritu del pueblo): La masa de la población, que mantiene la fidelidad al ortodoxismo, el orden comunitario y los valores patriarcales bizantinomoscúvicos.
Este escismo, según Toynbee, dio lugar al fenómeno de la intelectualidad como una capa separada del pueblo y dividida entre la admiración por Occidente y el amor por "la tierra". También explicaba la inestabilidad interna de la Imperia Rusa y su posterior colapso.
En la interpretación de Toynbee, el experimento comunista fue no una negación, sino una transformación secular de las bases bizantinas. Utilizó el término "pseudomorfosis" (tomado de Spengler), que significa la superposición de una nueva ideología sobre estructuras profundas antiguas:
La ideología marxista se convirtió en una eschatología secular y una dogma, en sustitución de la fe ortodoxa.
El Partido Comunista – el nuevo "orden de los fieles", análogo a la jerarquía eclesiástica.
El culto a los líderes (Lenin, Stalin) – una sancralización secular del poder, sucesora del culto al zar-padriarcha.
La idea de "un futuro brillante" (el comunismo) – una meta mesiánica, sucesora de la idea del "Tercer Roma" y "Moscú – el Tercer Internacional".
Así, la URSS, luchando contra la religión, no hizo más que reproducir muchos patrones socioculturales heredados de Bizancio a través del Zarato de Moscú.
Curiosidad interesante: Toynbee visitó personalmente la URSS en 1930 y se reunió con Stalin. Esta reunión reforzó su creencia en la profunda continuidad entre las modelos imperial y soviética de gobierno. Notaba que incluso la arquitectura del estilo estalinista con su gigantomanía y monumentalidad le recordaba los proyectos imperiales bizantinos.
Para Toynbee, "bizantinismo" no es simplemente un hecho histórico, sino una fuerza viva y dinámica en la historia rusa. Ve en él no una debilidad, sino una fuente de unicidad y estabilidad de la civilización rusa frente a las presiones externas – ya sea del Occidente o del Este.
Según él, el principal desafío para Rusia consistía en encontrar una respuesta creativa a este legado: poder sintetizarlo con los impulsos modernizadores, evitando tanto el escismo doloroso como el aislacionismo. El análisis de Toynbee sigue siendo relevante, ya que las preguntas de identidad civilizacional, las relaciones con Occidente y la unidad interna, formadas por la elección bizantina hace miles de años, continúan definiendo la trayectoria histórica de Rusia.
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