“Porfiria” (greg. porphyra) — color púrpura precioso obtenido de moluscos raros y utilizado en Bizancio como atributo exclusivo del poder imperial. Nacer “en porfiria” (Porphyrogennetos) significaba aparecer en el mundo en una sala especial del Palacio de Constantinopla revestida de porfirio púrpura, lo que subrayaba la legitimidad y la elección divina del heredero. Generalmente, el fenómeno de "enfermedad de la porfiria" se considera desde la perspectiva de la inestabilidad del poder imperial en Bizancio. El poder no siempre se transmitía por herencia, especialmente en los primeros períodos de existencia del estado. A la throne subían personas inesperadas: Justiniano I, su sobrino Justiniano, la emperatriz Teodora y otros. En este caso, bajo “enfermedad de la porfiria” se entiende no una metáfora política, sino una enfermedad genética hipotética, que probablemente afectaba a las dinastías bizantinas, relacionando la dolencia física con el estatus sagrado del gobernante. Este fenómeno se encuentra en la intersección de la historia médica, la política dinástica y la antropología cultural.
En la década de 1960, el psiquiatra y bioquímico británico Idris McAlpine formuló una hipótesis sensacional, afirmando que el famoso rey británico Jorge III, que padecía de ataques de locura, estaba enfermo de porfiria aguda intermitente — una enfermedad genética rara que interrumpe la síntesis de hemo (componente del hemoglobina). Más tarde, él y otros investigadores sugirieron que síntomas similares podrían haber persiguido a los emperadores bizantinos.
La porfiria es un grupo de enfermedades en las que se acumulan porfirinas, precursores tóxicos del hemo. La forma aguda intermitente (OPI) puede causar:
Agudas dolencias abdominales sin relación con intoxicación alimentaria.
Trastornos neurológicos y psíquicos: alucinaciones, ansiedad, agresión, paranoia (que se interpretó como “locura”).
Fototoxicidad (en algunas formas), que lleva a la ulceración de la piel.
Coloración rojiza de la orina (“color de portвейno”) debido al exceso de porfirinas.
McAlpine y el historiador Arthur L. M. S. Haskell, estudiando las crónicas bizantinas, sugirieron que los síntomas descritos en varios emperadores podrían corresponder a la OPI.
Emperador Irakliy (610–641): Se describe padeciendo de ataques de miedo, depresión y una extraña dolencia física que lo hizo incapaz de gobernar en sus últimos años. Algunos fuentes mencionan su “repulsión” hacia la comida y el agua, lo que podría estar relacionado con dolencias abdominales.
Emperador Justiniano II “Sin nariz” (685–695, 705–711): Conocido por su extrema brutalidad e inesperabilidad. El cronista Teófilo el Confesor lo describe como una persona poseída por “ira demoníaca”. Tal comportamiento podría interpretarse como episodios psicóticos.
Emperador Constantino V Kopronim (741–775): Ikonócrata ferviente, cuyos apodos (“Navoznoy”) podrían sugerir un comportamiento scandalo. Padecía de fuertes fiebres y enfermedades repentinas que lo dejaban fuera de combate en momentos críticos (por ejemplo, durante campañas militares).
Emperadores de la dinastía Macedonia (siglos IX–XI): Especialmente destaca Constantino VII Bагранородный (913–959). El Porphyrogennetos más conocido, autor de obras enciclopédicas, padecía de artritis grave, debilidad y, posiblemente, epilepsia. Su estilo de vida fue extremadamente aislado. Algunos investigadores ven en sus síntomas no OPI, sino otra forma — porfiria cutánea tardía, que explicaría la fototoxicidad y los problemas de la piel.
Curiosidad: La hipótesis sobre la porfiria en la dinastía bizantina recibió una confirmación indirecta inesperada al estudiar los matrimonios dinásticos. Los emperadores bizantinos solían casarse con princesas de casas reales occidentales (por ejemplo, con hijas de reyes armenios o georgianos, y más tarde con representaciones de familias occidentales). Si la porfiria realmente existía, podría haberse transmitido por un tipo de herencia autosómica dominante, y los matrimonios cercanos dentro de la élite gobernante (aunque no en incesto directo) podrían haber facilitado la manifestación del gen raro. Curiosamente, la hipótesis de McAlpine sobre la familia real británica también se basó en relaciones con dinastías continentales.
La hipótesis sobre “la porfiria bizantina” se enfrentó a una severa crítica por parte de los historiadores:
Problema de fuentes: Los cronistas bizantinos describían los síntomas no desde un punto de vista médico, sino desde una perspectiva moral-política. “Locura”, “posesión”, “melancolía” o “castigo divino” eran topos literarios para desacreditar a un emperador no deseado (especialmente a los iconoclastas) o explicar sus fracasos. Un diagnóstico basado en tales descripciones milenarias es extremadamente inseguro.
Selección de enfoque: Los defensores de la hipótesis seleccionaron selectivamente síntomas, ignorando otros posibles diagnósticos: epilepsia, sífilis (que apareció más tarde), malaria, intoxicación, trastornos psíquicos de otra etiología o simplemente las consecuencias de lesiones craneoencefálicas (comunes en la comunidad de los soldados imperiales).
Falta de evidencia material: A diferencia de los estudios paliopatológicos de restos, como los de los príncipes rusos, las tumbas imperiales bizantinas (con algunas excepciones, como la tumba en la iglesia de los Santos Apóstoles) no se han conservado o estudiado, lo que hace que la hipótesis sea puramente especulativa.
Independientemente de su veracidad médica, la propia discusión sobre “la enfermedad de la porfiria” revela un aspecto importante de la cosmovisión bizantina.
Sacralización del cuerpo del basileus: El emperador era una “icona viva”. Cualquier enfermedad o defecto físico suyo podrían interpretarse como un signo del furor divino o, por el contrario, como una forma de ayuno y sufrimiento por el pueblo. La enfermedad se integró en una compleja teología del poder.
Vulnerabilidad dinástica: Los constantes comentarios sobre las dolencias de los emperadores, especialmente los nacidos “en porfiria”, podrían reflejar no una enfermedad genética, sino una verdadera carga psicosomática en los herederos, criados en condiciones de intrigas palaciegas, una responsabilidad hipertrofiada y el miedo místico a su misión. “La enfermedad de la porfiria” en este sentido es una metáfora del “curse del poder”, los costos de vivir en un estatus sagrado único.
Ejemplo: Los síntomas atribuidos a Constantino VII (debilidad, ausencia en campañas militares) podrían ser el resultado de una elección consciente dentro del modelo cultural del “emperador-erudito y bibliófilo”, en contraste con la imagen del “emperador-guerrero”. Su “debilidad física” podría ser un elemento de la representación del poder, no su patología.
“La enfermedad de la porfiria” sigue siendo una hipótesis histórica y médica intrigante, pero no demostrada. Su valor, sin embargo, va más allá del debate sobre el diagnóstico. Permite ver el poder imperial bizantino bajo un ángulo inusual:
Como un sistema dinástico, potencialmente vulnerable debido al círculo cerrado de matrimonios y enfermedades hereditarias.
Como un fenómeno donde el cuerpo físico del gobernante se convierte en un texto que los contemporáneos leían (como un signo) y los historiadores leen (como un síntoma).
Como un recordatorio de que incluso el poder sagrado y aparentemente intocable estaba sometido a todas las debilidades humanas, desde errores genéticos hasta trastornos psíquicos.
Por lo tanto, “la enfermedad de la porfiria” no es tanto un caso médico específico, sino una enfermedad simbólica del cuerpo imperial, un punto de intersección entre la medicina, la historia y el mito que sigue perturbando la imaginación y haciendo reflexionar sobre el precio que pagaron los portadores del poder “púrpura” por su posición excepcional en el cosmos bizantino.
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