La infancia no es simplemente "no quiero crecer". Es un comportamiento en el que una persona físicamente madura sigue siendo un niño psicológicamente. No es capaz de asumir responsabilidades, posponer el placer, soportar la frustración. En la familia, un compañero o padre infante se convierte en una carga pesada. Las personas infantiles a menudo son encantadoras, espontáneas, pero su espontaneidad destruye la rutina y la confianza. En este artículo, analizaremos los signos de la infancia, las causas de su aparición y cómo lidiar con ella, ya sea que seas tú mismo o vivas con una persona así.
Una persona infantil tiene miedo de tomar decisiones: desde elegir el detergente hasta cambiar de trabajo. Delega la responsabilidad en otros ("tú sabes mejor", "resuelve tú solo"). No sabe planificar un presupuesto: gasta dinero en juguetes, entretenimiento, dejando las cuentas para después. Evita los conflictos, pero se ofende de manera infantil: silencio, caprichos, histéricos. Vive el día a día, sin hacer planes a largo plazo (sobre hijos, hipoteca, vejez). Requiere atención y admiración constante, como un niño. No se preocupa por su salud (saltarse citas con el médico, no tratar los dientes). Puede ser creativo, espontáneo, interesante a corto plazo, pero en la vida familiar estos atributos se convierten en caos.
La infancia no surge de la nada. Más a menudo, sus raíces están en la infancia: la sobreprotección ("mamá lo resolverá") cuando no se le permite a un niño ser autónomo, se lo protege de los problemas. O por el contrario, la frialdad y la violencia, cuando la infancia se convierte en una protección: "no seré adulto, porque los adultos hacen daño". El impacto de la cultura del consumo: la publicidad promete eterna juventud, "toma todo de la vida". En condiciones económicas donde la hipoteca es inaccesible y la pensión es ilusoria, no hay necesidad de crecer. Algunos psicólogos asocian la infancia con el trauma de la apego: una persona tiene miedo de la cercanía, pero también del aislamiento, por lo que se atasca en la posición infantil "dame-dame".
Si un compañero es infantil, el otro está obligado a jugar el papel de padre. Paga las cuentas, planea las vacaciones, cría a los hijos, recuerda las citas con el dentista. El compañero infantil puede ser cariñoso, agradecido, pero nunca asume la carga real. Al mismo tiempo, celoso del "padre" hacia otros, se ofende con la crítica, puede irse en una borrachera o a los videojuegos cuando se le llama a la cuenta. Con el tiempo, el compañero-padre se agota, pierde respeto, comienza a despreciar. La vida sexual también sufre, porque es difícil querer a un niño. Al final, o el divorcio, o una convivencia dolorosa de por vida.
Un padre infantil es una catástrofe para el niño. Puede ser un amigo divertido que juegue y luego desaparezca. Pero no establece reglas, no vigila el horario, no puede decir "no". El niño crece o se convierte en ansioso (sin sentir apoyo) o se convierte en infantil copiando el modelo. Además, el padre infantil a menudo delega la atención en sí mismo en los hijos: "trae los zapatos", "pobresa". Esta inversión de roles lleva a problemas psicológicos en el niño, hasta la codependencia y el neurosis.
La infancia en los hombres se manifiesta más en la evasión de la responsabilidad: trabajo por cuenta ajena sin ambiciones profesionales, videojuegos, cerveza con amigos, evitación de problemas domésticos. La infancia femenina a menudo se disfraza de "frágil" y "invalorable": no trabaja, vive a expensas del hombre o de los padres, requiere regalos constantes, no se ocupa de los hijos. Sin embargo, en el mundo moderno, los estereotipos de género se están desvaneciendo: se pueden encontrar hombres "princesa" y mujeres "hijo mamón". La principal diferencia es la forma de manipulación: los hombres usan más el enojo y la fuga, las mujeres las lágrimas y la ofensa.
Si te reconoces en esta descripción, no te desanimes. La infancia no es un veredicto. El primer paso es reconocer el problema. El segundo es comenzar a asumir responsabilidades pequeñas: llevar un presupuesto, establecer el despertador por la mañana, cocinar para uno mismo. El tercero es aprender a decir "no" a tus deseos a favor de objetivos a largo plazo. El cuarto es dejar de delegar la toma de decisiones en otros. Si es difícil, consulta a un psicólogo (terapia cognitiva conductual o terapia de esquema). También es útil leer libros sobre eficacia personal y psicología adulta. Es un proceso largo, pero te devolverá el autoestima.
No asumas el papel de padre, esto empeorará la situación. Establece límites: "No pagaré por tus juguetes", "No limpiaré por ti". No esperes que cambie rápidamente. Discute pasos específicos: "Hoy pagas la factura de la luz, mañana te registras para una cita médica". No hagas por él. Si el compañero no está dispuesto a cambiar, pregúntate: ¿estoy dispuesta a vivir con un niño eterno? Tal vez la mejor solución sea separarse. Paradojalmente, el rompimiento a veces despierta a la persona infantil, haciéndola crecer. Pero no confíes en esto.
Las redes sociales fomentan la infancia: el consumo continuo de videos cortos, el placer instantáneo de un like, la falta de responsabilidad por sus palabras (anonimato). Allí es fácil ser un niño: quejarse, lamentarse, exigir. El refugio en el mundo virtual a menudo sustituye a las acciones reales. La lucha contra la infancia incluye el desintoxicación digital, la limitación del tiempo en las redes sociales, el desarrollo de hobbies analógicos (deporte, manualidades). También es útil aprender a leer textos largos y ver películas largas, lo que entrena la paciencia.
La infancia es un problema, pero solucionable. Lo más difícil es el primer paso: mirarse a sí mismo desde afuera. Si lo has hecho, ya estás a mitad de camino hacia la madurez. La vida adulta no es tan aterradora como parece. Da libertad, respeto de los demás y orgullo de uno mismo. Prueba y no querrás regresar a la infancia.
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