Los jugadores de fútbol son personas racionales que calculan las trayectorias de los tiros, analizan al adversario y controlan su pulso. Pero cuando salen al campo, se activa un mecanismo antiguo: supersticiones, rituales, amuletos y hábitos extraños. Las supersticiones en el fútbol son tan persistentes como la hierba en el césped. Las estrellas de nivel mundial dedican horas a rituales que, desde el punto de vista común, no afectan el juego. Pero sí afectan a la cabeza. Y la cabeza es la herramienta principal del jugador de fútbol.
Los psicólogos llaman a esto "ritual de control". En un juego donde la casualidad (el rebote de la pelota, la decisión del árbitro) juega un papel enorme, el hombre necesita la ilusión de tener poder sobre el caos. Quedarse primero con la bota derecha y luego con la izquierda, o hacer la señal de la cruz antes de un tiro crea una falsa sensación de que puedes influir en el destino. Además, los rituales reducen la ansiedad: las acciones conocidas calman el cerebro, distraen del miedo a perder. Las supersticiones se transmiten de jugador a jugador, como un virus. Al ver a su ídolo usar calzones felices, el joven jugador lo imita.
Cristiano Ronaldo siempre entra al campo primero. Antes del partido, salta, estira las medias y ajusta los short. Su ritual distintivo es cortarse las piernas un día antes del partido (nunca el día del partido). El legendario portero de Barcelona, Víctor Valdés, entraba al campo tocando la hierba con ambas manos y solo después ocupaba su lugar en los goles. Lionel Messi se arrodilla antes de entrar al campo y ora (es católico). Pero su principal superstición es que nunca sale al campo con una moneda arrugada en el bolsillo, y si alguien le pasa la pelota, siempre la lanza con el pie y no con la mano. Zlatan Ibrahimović, un ateo conocido, sin embargo, siempre toca la emblema del club con la mano derecha antes de salir del túnel subterráneo. El delantero inglés Peter Crouch salta en el lugar diez veces antes de cada partido y susurra un conjuro que inventó él mismo.
Los jugadores supersticiosos evitan ciertas acciones. Por ejemplo, nunca pisan la línea de demarcación del campo cuando salen al césped, ya que se considera que trae mala suerte. Algunos rodean los paneles publicitarios, otros nunca saltan sobre la pelota. En Francia hay una creencia: no se puede usar una nueva camiseta hasta el partido, hay que "probearla" en el entrenamiento. En Italia, muchos jugadores evitan los números 17 (malo en la cultura italiana) y 13 (generalmente europeo). Gabriel Batistuta nunca tomó el número 17. El inglés Gareth Bale no usó el 13. En Rusia, Sergey Ignashevich nunca se afeitó antes del partido, y Alexander Kerzhakov no dio entrevistas el día anterior al juego.
El amuleto más popular es el calzoncillo. Muchos jugadores usan los mismos calzoncillos en varios partidos consecutivos si el equipo gana. Por ejemplo, David Beckham guardó su "pareja afortunada" durante diez años. El defensa francés Laurent Blanc besó la calva del portero Fabien Barthez antes de cada partido por la selección — y se convirtió en una señal nacional. El argentino Gabriel Batistuta siempre pidió que le pusieran las botas no al masajista, sino a algún compañero antes de entrar al campo. El español Xabi Alonso siempre tocaba la pierna tres veces antes de golpear a los goles.
Los porteros son la casta más supersticiosa. Viven solos y los errores se recuerdan por mucho tiempo. El famoso portero de Manchester United, Peter Schmeichel, siempre bebía jugo de tomate y comía espagueti (solo con un determinado salsa) antes del partido. Su colega Edwin van der Sar usaba una camiseta amarilla para todos los partidos de visita, porque la consideraba "afortunada". El alemán Manuel Neuer siempre patea la estaca izquierda con el pie izquierdo al principio del partido. El ruso Igor Akinfeev da la mano solo a algunos compañeros antes de cada juego. Los porteros también nunca cruzan la línea de los goles hasta el final del partido, incluso si la pelota ya está en el área de fuera de juego.
La selección italiana no se alojó en hoteles con el número 17 en los campeonatos del mundo, y no usó aviones con el número 17 en el vuelo. Los brasileños siempre tienen una lata de café y leche en el vestuario para la suerte. Los alemanes usan la camiseta en orden de números (de 1 a 23) antes del partido. Los ingleses nunca se afeitan la cabeza antes del partido, ya que se considera que la cortesía priva de fuerza. Los argentinos traen una pequeña estatua de la Virgen María al campo. En Rusia, los jugadores a menudo ponen monedas "para la suerte" o iconos en sus botas.
Las investigaciones muestran que los rituales realmente aumentan la confianza y reducen el nivel de cortisol. En el experimento, se dijo a los jugadores que les dieron una pelota "afortunada". Aquellos que creían que lo hicieron, marcaron más precisamente. Las supersticiones no son la causa de la victoria, sino un disparador que configura el cerebro para el éxito. Pero la obsesión por los rituales es perjudicial: si se rompe el ritual habitual (por ejemplo, olvidar los calzoncillos), el jugador puede romperse psicológicamente. Y entonces la señal funcionará al revés. Por eso los entrenadores no luchan contra las supersticiones si no perjudican el régimen.
Antes, los jugadores llevaban amuletos, escupían por encima del hombro, mordían hierbas. Hoy en día, los rituales se han vuelto más tecnológicos: algunos jugadores verifican que su familia ve el partido en una postura determinada. Otros usan auriculares con un playlist determinado antes del juego, regulando "las olas de suerte". Pero la esencia sigue siendo la misma: el jugador cree que depende de algo más que de su técnica y condición física. Y esta creencia, aunque irracional, los hace más fuertes.
Las supersticiones son un puente entre el sacrificio antiguo y el deporte moderno. Los jugadores, como los gladiadores, buscan apoyo en lo sobrenatural, porque las apuestas son demasiado altas. Si tu jugador favorito siempre se pone la bota derecha antes que la izquierda, no te rías. Puede que sea por eso que marcó ese gol decisivo.
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