Cuando decimos la palabra «Viena», en la imaginación surgen los magníficos palacios de los Habsburgo, los valses de Strauss y, por supuesto, el aroma del café recién hecho que se extiende por los acogedores salones de antiguas cafeterías. Una cafetería vienesa no es simplemente un lugar donde sirven una bebida estimulante. Es un universo entero, un ritual especial, un estilo de vida y de pensamiento que durante siglos ha formado no solo el rostro gastronómico, sino también el intelectual de Europa. No por casualidad, en 2011 la UNESCO incluyó la cultura de las cafeterías vienesas en la lista del patrimonio cultural inmaterial, reconociéndola como un fenómeno único sin equivalente en el mundo.
El nacimiento de la cafetería vienesa está envuelto en leyendas y se remonta a los dramáticos eventos del siglo XVII. En 1683, después de la fallida ocupación de Viena por las tropas otomanas, en el campamento otomano quedaron sacos con granos desconocidos. Según una de las versiones, el audaz traductor polaco Yuri Franz Kulchitsky, que conocía bien los usos de los turcos, se llevó estos granos y en 1685 abrió la primera cafetería de la ciudad. Según otra leyenda, el pionero fue el espía armenio Deodato, al que se le encargó preparar café para la propia corte de los Habsburgo. De cualquier manera, fueron estos trofeos olvidados los que dieron origen a una tradición destinada a conquistar el mundo.
Las primeras cafeterías eran locales modestos, a menudo subterráneos. Sin embargo, para el siglo XVIII ya formaban parte del paisaje urbano. En 1720, el café «Kramer» en la plaza Graben fue el primero en ofrecer periódicos a los visitantes, lo que consolidó para siempre el papel de la cafetería como centro de información[reference:6]. En el siglo XIX, a pesar de las dificultades económicas relacionadas con las guerras napoleónicas y los altos aranceles sobre los granos de café, los establecimientos sobrevivieron y se convirtieron en una parte integral de la identidad vienesa. Se transformaron en lugares donde no solo se podía beber café, sino también pasar horas leyendo, escribiendo y conversando.
¿Qué hace que una cafetería vienesa sea una cafetería vienesa? No es solo el menú. Es una atmósfera especial, formada por detalles minuciosos pero estrictamente observados. Al entrar en una cafetería vienesa tradicional, puedes reconocerla de inmediato por sus características distintivas:
Y, por supuesto, detalles del interior en estilo historicista: yeserías, lámparas de cristal y pesadas cortinas que transportan al visitante a la era de la transición del siglo XIX al XX.
Sin embargo, el verdadero valor de la cafetería vienesa no radica en su interior, sino en el papel que ha jugado en la vida cultural. El escritor austríaco Stefan Zweig llamaba a las cafeterías vienesas «un instituto de un tipo especial, insuperable en el mundo». Aquí, alrededor de una taza de café, se escribió la historia de la literatura, la política y el arte. A finales del siglo XIX y principios del XX, las cafeterías se convirtieron en sedes de asociaciones literarias. El café «Griensteidl» (que no ha sobrevivido hasta nuestros días) fue el lugar favorito del círculo «Joven Viena», donde entraban Hugo von Hofmannsthal, Arthur Schnitzler y Karl Kraus.
En las cafeterías se escribieron libros enteros. Aquí se reunían para discutir las últimas noticias, jugar al ajedrez o simplemente estar solos entre la gente. Esta fórmula paradójica de «estar solo en compañía» se convirtió en la esencia de la cultura cafetería vienesa. Aquí reinaba una atmósfera especial, donde el tiempo y el espacio se consumían, y solo se contaba con el café. Es aquí donde se gestaron ideas que más tarde cambiaron el mundo: desde el psicoanálisis de Sigmund Freud hasta las pinturas de Gustav Klimt y Egon Schiele.
En la sociología moderna existe el concepto de «tercer lugar» — un espacio que no es ni hogar ni trabajo, pero juega un papel clave en la vida social. La cafetería vienesa fue el ideal de «tercer lugar» mucho antes de que se introdujera este término. Unió a personas de diferentes profesiones y clases sociales: escritores, artistas, arquitectos, músicos, políticos, científicos. Aquí se podía filosofar durante horas, debatir, escribir o simplemente observar la vida, sin temer ser juzgado por pasar mucho tiempo sentado en una mesa.
Esta democracia y accesibilidad hicieron de la cafetería un fenómeno social único. En 1856 se comenzó a permitir el acceso a mujeres en las cafeterías, lo que fue un paso importante en la emancipación y la expansión del espacio público. Hoy en Viena hay más de 1100 cafés de diferentes tipos, casi mil bares especializados en espresso y unos 200 cafés-confeiterías. Continúan siendo testigos vivos y guardianes de esta tradición milenaria.
En octubre de 2011, la solicitud austríaca para incluir la cultura de las cafeterías vienesas en la lista del patrimonio cultural inmaterial fue aprobada por la UNESCO. Este reconocimiento fue un hito importante no solo para la conservación, sino también para la promoción de este fenómeno único. En la resolución de la UNESCO se subraya que lo que es típico de la cafetería vienesa no son solo los detalles del estilo historicista, sino también la propia atmósfera — un lugar donde el tiempo y el espacio se consumen, y solo se cuenta con el café.
Desde 2011, la cultura de las cafeterías vienesas está oficialmente protegida por la UNESCO junto con otras tradiciones austríacas, como la cultura de las tabernas de vino «heuriger». En 2024 se unieron a esta lista los famosos kioscos de sausages vieneses, lo que confirma que la cultura gastronómica de Viena no es solo comida o bebida, sino un lugar de reunión donde se unen la alegría de la vida y la cultura.
Hoy en día, junto con las cafeterías clásicas, en Viena están surgiendo establecimientos de «nueva ola» — bares especializados en café donde el énfasis está en el propio producto, en el origen de los granos y en el arte del tostado. Sin embargo, esto no contradice, sino que complementa la vieja tradición. Las cafeterías clásicas continúan existiendo, preservando su atmósfera y rituales para aquellos que buscan no solo café, sino un estado especial del alma.
Existe también el «Club de Propietarios de Cafeterías Vienesas», fundado en 1956, que reúne tanto establecimientos tradicionales como innovadores[reference:35]. El club se dedica a promover proyectos culturales, lleva a cabo programas de formación conjuntos y excursiones para preservar y transmitir el conocimiento sobre la cultura cafetería a las nuevas generaciones.
La cafetería vienesa es mucho más que un lugar donde sirven café. Es un organismo vivo, guardián de la historia y testigo de los cambios culturales. Es un espacio donde se encuentran el arte, la literatura, la política y la vida cotidiana. El reconocimiento de la UNESCO no es más que una confirmación formal de lo que los habitantes de Viena siempre han sabido: la cafetería es el alma de la ciudad. Y mientras en estas salas suene el sonido de las cucharas y en las mesas de mármol se desplieguen los periódicos recientes, esta tradición única continuará viviendo, respirando e inspirando a las nuevas generaciones.
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