A primera vista, el adicto al trabajo y el vagabundo son antípodas. Uno no puede vivir sin trabajar, el otro no puede obligarse a comenzar algo. Uno se levanta a las cinco de la mañana para llegar a una reunión, el otro a la mediodía para llegar a desayunar. Uno está abrumado por las tareas, el otro por el vacío. Pero si se observa con más atención, se descubrirá que tienen mucho más en común de lo que parece. Son dos caras de la misma moneda que llamamos «fuga de la vida».
Aunque suene paradójico, tanto el adicto al trabajo como el vagabundo evaden la responsabilidad de manera distinta.
El vagabundo evita la responsabilidad abiertamente: no se compromete con tareas, no promete, no participa. Dice «no» o simplemente calla. Su estrategia es no involucrarse para no perder.
El adicto al trabajo, por otro lado, evita la responsabilidad de otra manera. Se carga de tareas, pero a menudo no de lo que realmente importa. Se llena de actividades infinitas para no notar lo principal: que no se las arregla con la vida fuera del trabajo. No resuelve problemas en las relaciones, no se preocupa por su salud, no piensa en el sentido. Reemplaza una gran responsabilidad por una pequeña pero infinita.
Tanto el vagabundo como el adicto al trabajo son dos modelos de huida de encontrarse consigo mismos.
El vagabundo huye a través de la pasividad. Se sumerge en el sueño, en las series, en internet, en el no hacer nada. No se enfrenta a su miedo, porque no se da espacio para la reflexión. Su inacción es una muralla sorda.
El adicto al trabajo huye a través de la actividad. Llena cada minuto de tareas para no quedarse solo con el silencio. No se enfrenta a su ansiedad, porque se sumerge en el ruido de los plazos. Su ocupación es también una muralla sorda.
En ambos casos, la persona no vive el presente. Evade a sí mismo, a sus sentimientos, a sus preguntas. Simplemente existe en modo «encendido» o «apagado».
Tanto el vagabundo como el adicto al trabajo tienen un miedo mortal al fracaso. Aunque este miedo se manifiesta de manera diferente.
El vagabundo teme que si comienza algo, no lo logrará y así confirmará su ineficacia. Por eso prefiere no comenzar en absoluto. Su lema es: «Si no hago, no fracasaré».
El adicto al trabajo, por otro lado, teme que si deja de hacer, su valor desaparecerá. Teme que sin trabajo no es nadie. Por eso trabaja más y más para demostrar (a sí mismo y al mundo) que tiene valor. Su lema es: «Si no hago, dejaré de existir».
Ambos están prisioneros de la creencia de que su valor depende de factores externos. Ninguno se siente lo suficientemente bueno simplemente por serlo.
El adicto al trabajo cree que controla su vida a través del trabajo. Planifica, organiza, gestiona. Pero en realidad está sometido a un sistema que requiere cada vez más. Su control es una ilusión. No controla, se somete.
El vagabundo cree que controla su vida a través del rechazo. No participa, no se somete, no se adapta. Pero en realidad también está sometido — a su pasividad, a su apatía, a su miedo. Su rechazo también es una ilusión.
Ambos han perdido el contacto con la realidad donde el control no es poder sobre las circunstancias, sino poder sobre uno mismo.
Detrás de la aparente opacidad hay una fatiga común. El vagabundo está agotado del mundo, de las exigencias, de la necesidad de ser «normal». El adicto al trabajo está agotado de la carrera interminable, de la imposibilidad de detenerse. Ambos sueñan con la paz — uno no puede encontrarla, el otro teme obtenerla.
Su fatiga no es una debilidad física, sino una existencial. Es la fatiga de que la vida pasa mientras ellos juegan sus roles: uno como el «desocupado», el otro como el «trabajador».
A menudo, las raíces de estos patrones se encuentran en la infancia. El vagabundo podría haber crecido en una familia donde lo desvaloraban, lo criticaban, lo comparaban. Aprendió que es mejor no hacer nada que hacerlo mal. El adicto al trabajo podría haber crecido en una familia donde el amor se daba solo por los logros. Aprendió que su valor depende directamente de los resultados.
Ambos crecieron con la creencia de que «eres bueno, solo si...». Solo uno llena el espacio con la palabra «trabajas», y el otro con «no molestas».
Sí, y esto ocurre más a menudo de lo que parece. El adicto al trabajo agotado a menudo cae en la pereza, pero esto ya no es pereza, sino depresión. Y el vagabundo que encuentra su trabajo, su vocación, puede convertirse en una persona apasionada que trabaja no por miedo, sino por interés.
La frontera entre estos estados no es la personalidad, sino la actitud. Si la persona encuentra sentido, su comportamiento cambia. Y entonces deja de ser ni «adicto al trabajo» ni «vagabundo». Se convierte en un ser humano vivo que puede trabajar, descansar y disfrutar.
Para ambos tipos, el primer paso es detenerse y preguntarse: «¿Qué siento realmente?». El vagabundo y el adicto al trabajo están acostumbrados a ahogar sus sentimientos — uno con acción, el otro con inacción. Pero los sentimientos no desaparecen. Se acumulan y tarde o temprano salen a la luz.
El segundo paso es dejar de evaluarse a través de la lente de «trabajo / no trabajo». No eres tu empleo ni tu pereza. Eres un ser humano que tiene derecho al error, al descanso, a la debilidad, a la elección.
El tercer paso es comenzar a vivir en la realidad, no en una estrategia. En lugar de evitar o llenar, intenta ser. Ser contigo mismo, con los demás, con el mundo. Es difícil, pero es la única manera de dejar de ser prisionero de tus roles.
El adicto al trabajo y el vagabundo no son enemigos, sino hermanos en desgracia. Ambos buscan una manera de lidiar con la vida, pero eligen extremos. Ambos sufren de la misma dolencia: la incapacidad de aceptarse tal como son. Pero tienen en común: pueden cambiar. Si ven que sus estrategias no son personalidad, sino protección. Y si quieren enfrentarse a lo que evaden. Y entonces, tal vez, verán que entre ellos no hay un abismo, sino solo un paso — un paso hacia sí mismos verdaderos.
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