Los momentos felices de un pensionado no son lo que muestran en la publicidad de medicamentos. Allí siempre hay ancianos sonrientes jugando al golf y bebiendo jugo. En la realidad, la felicidad del pensionado es una mañana tranquila, una llamada de su nieto, una lata de pepinos en escabeche que no hay que moler. Es el tiempo en que finalmente se puede no apresurarse. Seamos honestos y sin adornos: ¿qué trae alegría a una persona que ha llegado al descanso merecido?
La mayor felicidad es no despertarse a las 6 de la mañana bajo el grito del despertador. El pensionado se despierta cuando quiere. Puede quedarse en la cama, escuchar el silencio o, por el contrario, el canto de los pájaros. Es la sensación de que el día te pertenece solo. Nadie te pide cuentas, no te apresura. Puedes beber café durante una hora, hojear fotos antiguas. Puedes quedarte en casa si hace mal tiempo. La libertad del horario es algo por lo que los jóvenes darían mucho, y los pensionados lo reciben como un bono.
Para muchos pensionados, la mayor felicidad es tener nietos. Cuando un pequeño humano corre hacia ti gritando «abuelo» o «abuela» — se olvidan todas las enfermedades. A los nietos se puede consentir sin temor a arruinarlos (los padres los volverán a educar). Se pueden leer cuentos que no se leyeron en la infancia porque no había tiempo. Con los nietos puedes volver a ser un niño: hacer un muñeco de nieve, lanzar una serpiente, jugar a las damas. Y no preocuparse por la responsabilidad futura. Muchos pensionados reconocen que por estos momentos están dispuestos a soportar cualquier incomodidad.
Para algunos, la huerta es una cárcel. Para el pensionado, es la felicidad. La felicidad de ver el primer brote de perejil, comer un pepino recién cortado de la huerta, beber té con menta cultivada con propias manos. La huerta no es trabajo. Es la oportunidad de sentirse necesario. La tierra no engaña: tanto trabajo puse, tanto recibí. Y cuando se recoge la cosecha, la tranquilidad en el alma. La huerta da una sensación de independencia: aquí está mi pepino, mi lata, mi vida. Además, es el aire fresco, que es mejor que cualquier sanatorio.
El pensionado es feliz cuando puede simplemente sentarse en una banqueta con su vecina. Hablar sobre el clima, la política, los nuevos medicamentos. Sin reuniones de negocios, sin plazos. Solo comunicación viva, de la que tanto falta en el ajetreo. Se puede ir a la biblioteca y elegir libros sin prisa, hablar con el bibliotecario. Se puede ir a la casa de un viejo amigo con quien trabajaron 40 años antes y recordar la juventud. Esta comunicación no necesita planificarse con un mes de antelación; es espontánea, por lo que es vivida.
Los momentos felices se esconden en las pequeñas cosas: hornear un pastel sin que se queme; llamar a la clínica de salud por primera vez; ver por la ventana que llegó la factura de la luz, y que es menor de lo esperado; recibir un paquete de parientes de otra ciudad; encontrar en el mercado el tipo de tomate favorito. Los jóvenes a menudo no lo notan. Para el pensionado, cada una de estas pequeñas cosas es un regalo del destino.
La felicidad es pasar la mañana con una taza de té y un periódico (o una tableta). Cuando no te apresuras a ningún lado, sino que solo miras por la ventana, cómo nieva o cómo crujen las hojas. Es el tiempo de una existencia ralentizada. El pensionado es feliz cuando su horario no está lleno de puntos «tumbarse», «leer», «ver una serie», «ir al supermercado por pan». La posibilidad de no hacer nada es también un arte, y se aprende a la perfección con la edad.
La felicidad es hojear los viejos álbumes y recordar la juventud. Aquí estoy en una manifestación, aquí estoy en una boda, aquí estoy con mi hijo en el parque. Estos recuerdos calientan el alma. El pensionado puede hablar por horas a sus nietos sobre cómo vivían sin internet, cómo esperaban en colas, cómo construían el BAM. Para él, no es nostalgia por el pasado gris, sino la sensación de que la vida ha sido vivida sin desperdicio. Un momento feliz es cuando una fotografía revive en la cabeza y uno vuelve a ser joven, fuerte, lleno de esperanzas.
La felicidad del pensionado es el silencio. Interno y externo. Cuando no hay deudas, préstamos, jefes y planes por cumplir detrás. Solo tú y este día. Y la oportunidad de llenarlo con lo que te gusta. No dejes pasar este sentimiento, incluso si estás lejos de la jubilación. Aprende a disfrutar de las pequeñas cosas ahora. Entonces la vejez no será una carga.
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