Cuando Federico, de siete años, fue llevado al circo por primera vez, no se rió. Se detuvo. No entendía quién eran esas personas en trajes de colores y caras maquilladas: \"animales o espíritus?\". No los encontraba cómicos. Ese miedo infantil, mezclado con un temor reverencial, se quedó con él toda la vida y se convirtió en uno de los films más personales y conmovedores del gran italiano: \"Payasos\" (1970). Pero para entender esta película y, en general, el papel del payaso en el mundo de Fellini, hay que mirar dentro de la cultura italiana, donde la máscara y la risa siempre han sido algo más que entretenimiento.
La tradición italiana del payaso no comienza ni termina en el circo. Sus raíces están en la célebre comedia dell'arte, el teatro de máscaras que en el siglo XVI-XVII conquistó toda Europa. Era un teatro sin palabras, donde los actores con máscaras representaban escenas improvisadas llenas de bufones, acrobacias y grotesco. Ahí nacieron las máscaras arquetípicas: el astuto y habilidoso Arlequín, el ingenuo y melancólico Piero, el vanidoso y tonto Pantalón. Estos personajes no solo entretenían, sino que también satirizaban los vicios de la sociedad, desnudaban la estupidez humana y la hipocresía.
De esta tradición creció la payasada moderna. El payaso blanco, severo, importante, orgulloso, es el descendiente directo de las antiguas máscaras de \"señor\" y \"intelectual\". El payaso rojo, torpe, desordenado, siempre cayendo en los trapos, es la encarnación del bufón popular, el Arlequín, que siempre está listo para volcar el mundo de cabeza. Su conflicto perpetuo no es solo un número circense, es una metáfora de toda la existencia humana. Y Fellini, más que nadie, lo entendía.
Fellini no solo filmó payasos, sino que creó una tipología filosófica basada en ellos. En su mundo, el payaso blanco es la encarnación del orden, la razón, la moralidad, todo lo que está \"puesto\". Representa a la Madre, al Padre, al Maestro, al Artista - todas las figuras autoritarias que intentan encerrarnos en los marcos del ideal. El payaso rojo es el rebelde, el niño que ensucia y se niega a someterse a las reglas. Es el instinto, la libertad, la tendencia a lo bajo, que resulta ser verdaderamente humana.
Según Fellini, todo el mundo está habitado por estos dos tipos. Y su confrontación no es una guerra, sino un baile. El blanco intenta imponer sus ideales al rojo, y el rojo, a su vez, hace lo contrario - y en este conflicto perpetuo nace la vida. El film \"Payasos\" termina no con la victoria de uno sobre el otro, sino con su reconciliación. Las dos figuras se acercan una a la otra y se alejan juntas. Según el propio director, esto es \"el mito del posible reconciliación de las opuestos, la unión del ser\". El sabor amargo de esta reconciliación es el de entender: en la realidad, nunca podremos reconciliar completamente la razón y el instinto, el orden y el caos.
El propio film es un intento del director de regresar a ese mismo infancia donde conoció a los payasos. Comienza con una escena semi-autobiográfica: un pequeño niño se despierta por la noche aterido por sonidos extraños, se acerca a la ventana y ve cómo sobre la ciudad se levanta una gigantesca carpa circense. Este momento es a la vez mágico y aterrador: el circo invade la vida cotidiana como algo ajeno, extraño, casi sobrenatural.
Luego, Fellini lleva al espectador en un viaje por Europa en busca de grandes payasos. El director y su equipo recorren Italia, Francia, España, entrevistan a viejos artistas circenses. Vemos a sus tras bambalinas, sin maquillaje - cansados, olvidados, pero aún conservando esa magia que alguna vez conmovió a un pequeño Federico. Este es un film de memoria, un film de investigación, un film de despedida. Porque los payasos que busca ya casi han desaparecido del mundo. La audiencia se ha vuelto demasiado refinada, el circo ya no es un milagro y los payasos ya no son héroes. Sus sonrisas tras bambalinas ocultan tristeza: saben que su tiempo está terminando.
En el final, Fellini organiza \"el entierro del payaso\". Pero los espectadores que conocen al maestro entienden: no se puede apagar el televisor. La escena de despedida da paso a la de reunión. Los verdaderos payasos no mueren. Simplemente esperan su momento para regresar y volver a reírnos - o asustarnos hasta el tuétano.
Para Fellini, el lenguaje del circo, las relaciones entre el payaso blanco y el rojo, es un código universal que permite entender todo: desde los procesos en la cultura moderna hasta la esencia del yo humano y la naturaleza del don creativo. En sus películas, el payaso no es un personaje, sino un estado. Es una persona que sabe demasiado del mundo y por eso se ve obligada a reír. O - demasiado poco, y por eso su risa es ingenua.
Los payasos de Fellini siempre son sobre la dualidad. Ríen, pero detrás de sus sonrisas hay tristeza. Caen, pero en esta caída hay elegancia. Se ven ridículos, pero esta ridiculería resulta ser la única forma de honestidad en un mundo donde todos llevan máscaras. En este sentido, cada uno de nosotros es un poco payaso. Alguien es blanco, alguien es rojo. Y alguien es tanto uno como otro.
\"Payasos\" de Fellini siguen inspirando hasta hoy. Han sido la base para óperas, montajes teatrales, obras de jóvenes directores. Pero lo más importante es que nos recuerdan que el payaso no es solo un artista. Es una metáfora de la vida, donde el riso y las lágrimas van de la mano, donde el orden siempre lucha con el caos, y la victoria de uno sobre el otro es imposible y no necesaria.
Fellini no dio una respuesta a la pregunta de quiénes son los payasos. Simplemente los mostró y nos dejó el derecho de decidir por nosotros mismos. En una de las entrevistas del director, le preguntaron: \"¿Qué quería decir con su película?\". No tuvo tiempo de responder cuando, en ese momento, un cubo cayó sobre su cabeza. Joke? Puede que sea. Pero tal vez fue la respuesta más honesta: la vida es un circo y todos somos payasos. Lo importante es no dejar de sorprenderse y reírse, incluso cuando se tiene miedo.
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